“Esta es la primera vez en mi vida que me pongo un chaleco antibalas” le dije al tipo a mi lado. Armado hasta los dientes, el soldado brasileño apenas sonrió. “Cité Soleil es peligroso. Muchas pandillas.” me dijo con su atropellado acento.

Hacía 4 años del terremoto que mató a más gente que ningún otro desastre natural en la historia moderna. Y hacía 3 que el mundo ni lo recordaba. Ya desde entonces estábamos tan enfocados en la pan- talla del iPhone (¿2?) que se nos había olvidado que había sucedido. En Haití, la histeria política apenas comenzaba. Un cantante pulseaba la presidencia,

la ONU intentaba mantener la cordura tras que un brote de cólera importado por un soldado de paz (qué maldito concepto más paradójico) Nepalí había matado a más de diez mil personas; y un uruguayo borracho se había cagado en la reputación de todo su contingente tras violar una menor de edad. El caos era rey, y yo espectador, más confundido que Testigo de Jehová en un casa sin timbre. Natural- mente, mi gafete de periodista era el equivalente a tener escrito “frágil” en la frente. A los ojos de ellos, cualquier pelada de culo enfrente mío resultaría

en un potencial escándalo. Y yo para mis adentro pensaba...si estos tipos supieran que los de CNN ni saben que estoy aquí, si supieran que a veces me li me limpio los mocos con el manual de protocolo, si supieran que ni siquiera sé por qué soy reportero.

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La primera entrevista, una decepción. La segunda, peor. Imagínense el reto de conseguir que alguien hable con el corazón y ofrezca un testimonio me-dianamente inteligible cuando tienen encima una cámara con luces, un tipo blanco con chaleco antiba-las (frente a sus casa) y seis gorilas/soldados que no hablan su idioma y solamente patrullan su barrio en un carro blindado. “Al carajo” pensé. Me quité el cha-leco (sí, con muchos prejuicios y miedos infundidos; pero me lo quité), le pedí al resto de los soldados que se quedaran ahí, e invité al que venía a la par mío en el tanque a meternos al “barrio” con una petición: “Por favor, esconda la pistola y quitémonos los anteojos” (mi abuelo me decía que no se puede confiar sin antes verse a los ojos).

Cuanto más nos alejábamos del carro blindado, más colorido parecía tornarse Cité Soleil. Peluquerías con música a todo volumen, niños perfectamente peina-dos saliendo de casas de zinc, y caras de curiosidad ante qué carajos hacía este tipo blanco aquí metido. El contraste era atropellador. Una grúa sacando basura de un río por toneladas, cabras cagando en la calle, y niños pateando la bola, saltándose la cabra cual Messi.

Finalmente, guiados por el sonido de tambores, llegamos a nuestro destino: una escuela donde los soldados brasileños estaban enseñando a la po-blación local a practicar capoeira. Los cascos azules sin su casco, el reportero sin su chaleco anti-balas; y los locales sin tapujos. Y juntos, bailamos.

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